NADIE VIVE


(No one lives, 2012) 86´
Dirección               Ryûhei Kitamura
Guión                    David Cohen
Fotografía             Daniel Pearl
Música                   Jerome Dillon
Producción           Harry Knapp/Kami Naghdi

Luke Evans
Adelaide Clemens
Lee Tergesen
Derek Magyar
America Olivo
Beau Knapp
Lindsey Shaw
George Murdoch
Laura Ramsey
Gary Grubbs








Una pareja que realiza un viaje en carretera decide hacer en un momento dado un alto en el camino. En un restaurante en medio de la nada son molestados por un grupo de delincuentes, en concreto por el miembro más violento e incontrolable de la banda, que decide secuestrar a la pareja para robarles. Cuándo despiertan maniatados en un granero, la mujer se suicida lanzándose sobre el cuchillo de uno de sus captores y seccionándose la garganta ante el estupor del propio secuestrador, quien no se percata que su pareja se está soltando de las esposas que le mantienen cautivo.


Ryûhei Kitamura repite las constantes del título que le dio a conocer entre los aficionados al terror, El vagón de la muerte (2008) y de esta manera nos presenta una película con una historia con un primer acto que siembra de dudas en el espectador sobre que está sucediendo y porqué de determinadas escenas (la cicatriz del personaje de Betty que el protagonista casi idolatra). Todas las incógnitas se despejan tras el suicidio de la pareja del personaje de Luke Evans para iniciarse una caza al ratón donde los cazadores pasan a ser presas y que se convierte en una vorágine llena de impactos visuales, donde la historia parece quedar en un segundo plano camuflada ante la acumulación de secuencias abiertamente salvajes que inundan la película. En ese aspecto tal y como apuntábamos Nadie vive tiene numerosos paralelismos con El vagón de la muerte ya que ambas se cimentan en la forma tan explícita con la que Kitamura muestra  la venganza del personaje central para dejar de lado una historia con elementos de inicio prometedores, como la enfermiza relación entre víctima y verdugo que muestra la cinta o las propias relaciones de la banda de criminales.

Es por ello que Nadie vive no es una película fácil de digerir, ya que presenta a lo largo de su escaso metraje de apenas setenta y nueve minutos (el resto hasta completar la estándar hora y media de duración son los títulos de crédito finales) escenas lo suficientemente explícitas para resultar repulsivas (como olvidar el momento en que nuestro asesino protagonista emerge del interior del cadáver del grandullón George Murdoch, luchador profesional de la conocida WWE, una de las productoras del film en un símil nada estético de un nacimiento o la patada al saco que contiene los restos de uno de los delincuentes), algo que por otra parte parece se ha convertido en una marca de la casa del director Japonés, truculencia y gore a partes iguales. Este énfasis en esta cara de la moneda provoca que se deje algo de lado el cariz más atrayente de una historia sencilla pero con cierto interés, interés que sin embargo se diluye al no indagar como apuntábamos anteriormente en las relaciones de los personajes que pueblan la película, que acaban resultando mera carne de cañón para el voraz y sanguinario asesino protagonista. En ese mar de relax de la historia cabe destacar por  evidente un fallo como es el que presente al personaje de Luke Evans deshaciéndose de un plumazo de un tipo como Ethan, recordémoslo, interpretado por el luchador George Murdoch, dos metros de alto y ciento setenta kilogramos de peso, para acabar confluyendo en el arquetípico enfrentamiento final lleno de igualdad en su desarrollo con el responsable de su cautiverio y por ende de la muerte de su compañera, quien a nivel físico no permite comparación con el anteriormente citado Ethan. Sin embargo y tras los palos que se ha llevado el desarrollo de los personajes, si hay que remarcar por acertada la decisión de no profundizar en la figura del psicópata protagonista, no hay una justificación de sus actos, no hay un motivo que le lleve a hacer lo que hace, no se muestra un trauma pasado, es un ser que de si mismo dice “Tengo sentimientos,  los controlo de forma diferente” o “Cambiaría si pudiera pero no puedo”, logrando crear un personaje tan siniestro como misterioso, lo que nos recuerda al John Ryder compuesto por Rutger Hauer en aquella pequeñas joya que es Carretera al infierno (1986).

Es precisamente la interpretación de un Luke Evans que últimamente está presente en multitud de proyectos  interesantes (El Hobbit, Fast and furius, Drácula, la leyenda jamás contada…) lo mejor de un grupo de actores que ni deslumbran ni estorban. Evans sin embargo compone un villano que se apoya en su mirada, en la frialdad de sus movimientos y ademanes para resultar tan trayente como intimidatorio. Quizás si me atrevería a señalar la participación de Lee Tergesen por ser uno de los protagonistas de la simpática serie de los años noventa Una chica explosiva, versión televisiva de la divertidísima La mujer explosiva (1985) frente a un resto de actores más o menos desconocidos.

Nos encontramos de esta forma ante una película que cumple con creces sus expectativas en el momento en que nos sentamos frente a la pantalla, máxime con el referente del anteriormente citado trabajo de su director El vagón de la muerte, lo que por otra parte nos lleva a la conclusión de no recomendar este título a personas a las que no les gusta la vertiente más salvaje del género, ya que puede llegar a saturar en determinados momentos por esta vía. Y sin embargo lo mejor de Nadie vive no son sus impactantes escenas monopolizadas por el gore, sino que son un par de secuencias que muestran el cautiverio del personaje de Emma a manos de su captor y la relación que entre ambos tiene lugar. Lástima que el director no hubiera ahondado algo más esa vía. Una película que nos recuerda aquello tan útil en la vida de que por muy malo que seas siempre habrá alguien peor que tu, en este caso los protagonistas de la cinta aprenden esta lección por las malas.

Henry Jeckyll    


        












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