DOOMSDAY, EL DIA DEL JUICIO


(Doomsday, 2008 ) 109´

Dirección               Neil Marshall
Guión                    Neil Marshall
Fotografía             Sam McCurdy
Música                   Tyler Bates
Producción           Benedict Carver/Steven Paul


Rhona Mitra
Bob Hoskins
David O´Hara
Adrian Lester
Darren Morfitt
MyAnna Buring
Craig Conway
Lee-Anne Liebenberg
Alexander Siddig
Malcolm McDowell

Un terrible y mortal virus se propaga rápidamente en Escocia. Para evitar una pandemia mayor las autoridades deciden trazar un muro de acero de diez metros de altura y ciento diecisiete kilómetros de largo que separe de costa a costa Inglaterra y Escocia dejando abandonados y a su suerte a millones de ciudadanos. Veintisiete años después el mismo virus denominado “segador” se manifiesta en el propio corazón de Londres. Es entonces cuando se decide que un grupo de élite dirigido por la expeditiva mayor Sinclair  se incursione del otro lado del muro, ya que satélites de vigilancia han constatado que existen supervivientes que han podido desarrollar una vacuna o simplemente sean inmunes a tan letal virus.

Una vez conseguido el favor de la crítica y público con títulos como Dog soldiers (2002) o The descent (2005), Neil Marshall pudo poner en pie Doomsday, proyecto personal en el cual el realizador ingles volcaba a través del guión escrito por el propio director  todo un homenaje al tipo de cine que le había marcado en su juventud. Es por ello que a la hora de abordar la crítica de esta obra sea preciso posar la mirada en las películas sobre las que el propio Marshall se ha inspirado a la hora de dar vida a esta, digámoslo ya, espectacular y entretenidísima cinta  post apocalíptica.

28 Días después (2002): La aclamada cinta sobre zombies de su compatriota Danny Boyle sirve a Marshall para ofrecer un prólogo que justifica con la aparición de un virus mortal el hecho de crear toda una región abandonada a su suerte y que a raíz de este hecho posee su propia evolución como sociedad precisamente mediante la involución de las normas. Este prometedor inicio, donde vuelve a plantearse la idea de un gobierno mezquino y un ejército que por encima del sentido común aplica la normativa y la cadena de mando para justificar actuaciones deleznables, muestra la capacidad de Marshall para manejar, a pesar de contar con un presupuesto bastante ajustado, escenas espectaculares y de masas, conjugando con habilidad e inteligencia todo tipo de técnicas en el apartado de los efectos visuales para hacer creíble igualmente  tanto un Londres en decadencia como un Glasgow que muestra muy acertadamente las consecuencias de treinta años de abandono. Primer elemento a favor, un diseño de producción trabajado, meditado sobre el papel y muy bien plasmado en pantalla, lo que vemos es creíble, no se abusa de la infografía y se busca la convivencia de trucajes más artesanales con otros donde la capacidad de las computadoras pueden abaratar costes y terminar de dar el look buscado. Doomsday es ante todo un película de ribetes post apocalípticos y lo que se ve en pantalla es precisamente eso, la vida después de un Armagedón. Este estupendo trabajo por parte de los diseñadores sirve igualmente para los uniformes y el armamento que vemos en pantalla, donde presente y futuro se funden para presentar un notable trabajo en este campo.

1997, rescate en Nueva York (1981): Hagamos un compendio de similitudes. Los protagonistas son introducidos en un hábitat incontrolable y peligroso, a su suerte y con un plazo ajustado para cumplir su misión ¿les suena? Sí que es cierto que en la película de John Carpenter el protagonista era obligado a cumplir la misión mientras en esta ocasión el grupo de miembros que forman la expedición lo hacen de manera voluntaria y con diferentes justificaciones. Tratando en algunos casos de ayudar a los ciudadanos como en el supuesto de los doctores, cumplir con su obligación, como sucede con los hombres al mando de la mayor Sinclair o como en el caso de la protagonista como forma de probarse a sí misma en una tendencia autodestructiva y de desprecio absoluto tanto por las normas que ella misma debería representar como por el peligro. Precisamente en el personaje central tenemos el mayor punto de conexión con la película de 1981, y es que la protagonista interpretada con total acierto por una Rhona Mitra cautivadoramente creíble, sería la perfecta pareja de baile del Snake Plisken al que hace casi treinta y cinco años diera vida un soberbio Kurt Russell. Tenemos el detalle de que ambos son tuertos, cínicos, duros como piedra y se las arreglan para en el último minuto jugársela a quien les ha encomendado sus respectivas misiones, al fin y al cabo auténticos villanos de la historia. Parémonos llegados  a este punto para hablar de Rhona Mitra, protagonista de la historia y que como acabamos de describir compone un personaje duro como pocos, bravucón, solitario y resolutivo que sin embargo como sucedía con el Snake Plisken de Russell logra caer bien. La bella actriz que comparte nacionalidad con Marshall se dio a conocer con la famosa escena de la violación de El hombre sin sombra (2000) para lucir especialmente acertada en papeles de mujer dura como el presente caso o sirviendo de reemplazo a Kate Beckinsale en la tercera entrega de Underworld, La rebelión de los licántropos (2009), sumándose a ese carro de actrices que están pidiendo su sitio en el cine de acción actual.

Mad Max 2 (1981): Todo el concepto del grupo de los caníbales liderados por Sol viene dado de la de los personajes enemigos de Max, especialmente los presentes en la segunda entrega de la trilogía. Tanto el aspecto visual que toma del look punky su mayor fuente de inspiración (aunque algo hay de otros estilismos, sirva como ejemplo el maorí) como la propia organización social establecida, su salvajismo y carácter violento y anárquico, nos lleva indefectiblemente a recordar la trilogía dirigida en la década de los ochenta por George Miller, incluso se presenta una especie de Cúpula del trueno en la secuencia de la fiesta liderada por Sol en la que acaban quemando vivo y comiéndose al Dr Talbot. Pero no solo toma de Mad Max la idea del grupo de salvajes (entre los que destaca gracias a su aspecto y fiereza por encima del propio líder del clan el personaje de Viper) a los que ha de enfrentarse la mayor Sinclair y sus hombres, y cuyo desarrollo hay que decirlo es más entretenido y está mejor armado que el que tiene lugar en el castillo medieval del Dr Kane. La forma de rodar las secuencias de persecuciones automovilísticas también es un calco del estilo utilizado en la saga Mad Max. Coches de verdad, especialistas de verdad y mucha gasolina, olvidándose de los efectos infográficos para ubicar la cámara junto a las ruedas de los vehículos utilizados, a la par de los coches, dando como resultado unas tomas espectaculares y que inundan de velocidad el celuloide.

Citadas las tres influencias más destacables a la hora de confeccionar la historia, merece la pena pararse a hablar de alguno de los nombres del reparto además de la ya mencionada Rhona Mitra. Bob Hoskins, en uno de sus últimos papeles antes de fallecer en 2014, interpreta al superior y protector de la mayor Sinclair, en una relación cuasi paterno-filial que pese a tocarse en apenas unas pocas escenas logra calar en la historia. También creo que merece la pena hablar de David O´Hara, magnífico en su papel de villano inmisericorde y quien logra mantener el semblante inmóvil para dar vida a Michael Canaris. Diametralmente opuesto en la forma de encarnar su personaje aparece un Malcom McDowell que mantiene su tendencia a cierta sobreactuación, la cual le ha hecho encarnar una vez tras otra a roles del tipo del que interpreta aquí, un científico reconvertido en rey de su propio reino, base perfecta para trabajar un personaje con cierto desequilibrio mental, algo a lo que está acostumbrado desde que diera vida a Alex en La naranja mecánica (1971).

Hay quien hablará de Doomsday como una mera copia de las películas que hemos citado anteriormente, una obra sin un atisbo de originalidad y con mucha cara dura a la hora de apropiarse de ideas, conceptos, personajes y situaciones ya vistas con anterioridad. No creo que sea este el caso, sino que Marshall lo que hace es devolver el guiño a títulos que le han permitido no solo disfrutar como espectador sino crecer como director de cine, es un collage que funciona y al que además el director aporta su propio estilo fundamentado en un uso exacerbado de la violencia (el gore está presente en no pocas ocasiones) y en una localización geográfica de la historia en la que el director y guionista barre para casa. Ese conglomerado de ideas está perfectamente fusionado y logra brindar una cinta que no solo se limita a revivir un estilo de películas ya en desuso, sino que vuelve sobre una forma de filmar donde la fisicidad se imponía al croma, básicamente porque este no existía. Es por ello que Doomsday destila esa pura esencia de cine de serie B, porque homenajea un estilo al que es fiel a muerte. 

Henry Jeckyll       


















VIERNES 13 (2009)


(Friday the 13Th, 2009) 95´

Dirección              Marcus Nispel
Guión                    Damian Shannon/Mark Swift
Fotografía             Daniel Pearl
Música                 Steve Jablonsky
Producción           Michael Bay/Sean S. Cunningham/
                              Andrew Form

Jared Padalecki
Danielle Panabacker
Amanda Riguetti
Derek Mears
Travis Van Winkle
Aaron Yo
Arlen Escarpeta
Ryan Hansen
Julianna Guill
Willa Ford
Ben Feldman
Jonathan Sadowski
Nick Mennell
America Olivo
Richard Burgi
Kyle Davis

En medio de una gran tormenta una joven escapa aterrorizada entre la arboleda de un bosque seguida de una mujer armada con un cuchillo dispuesta a acabar con su vida. Cuando la muchacha es arrinconada junto al lago que da nombre al campamento de Crystal Lake por su acosadora, logra sacar fuerzas de flaqueza para decapitar a la mujer con un machete que portaba en su huida. Cuándo la joven huye tras acabar con la vida de la asesina que trataba de matarla, un niño se acerca al cadáver sin cabeza. Se trata de Jason, su hijo.


Tras los más que aceptables resultados cosechados con el remake de La matanza de Texas (2003), la productora de Michael Bay Platinum Dunes volvió a solicitar los servicios de Marcus Nispel para resucitar a otro de los tótems del terror de la década de los ochenta, Jason Voorhees. El director volvió a un estilo similar en forma pero donde lo que más cojea es el fondo, y es que la propia historia base que alimentaba a las cintas de culto originales, tanto la de la película inicial de la saga de La matanza de Texas como la de la franquicia de Viernes 13 son bien distintas.

En este caso en particular la historia que se narra es excesivamente simple y simplista, encaminada a un único objetivo, mostrar todo un remedo de asesinatos brutales y explícitos a manos del verdadero protagonista de la película, el hijo de la señora Voorhes. El guion del tándem Damian Shannon y Mark Swift, quienes únicamente habían guionizado el encuentro entre Freddy Krueguer y el propio Jason Voorhees en la celebrada Freddy Vs Jason  es muy flojo, y aunque contiene en su propio concepto de reboot varias ideas extraídas de las cuatro primeras entregas de la larga saga iniciada en 1980 en clara idea de autocomplacencia para fans poco se han esforzado sus responsables por hilvanar una historia medianamente interesante. Esta idea queda fehacientemente contrastada al ser testigos de un prologo de veinte minutos con una hornada de víctimas de los que despacharse alegremente para a continuación presentar un nuevo grupo que cope el resto de metraje, aunque tanto la forma en que están dibujados sobre el papel como su propio comportamiento posterior les haga merecedores finales del machete de Jason. Además la historia contiene dos elementos especialmente irritantes para quien esto escribe, aunque trataré de enmendar la plana con otra aportación que si me ha resultado satisfactoria. En contra tenemos la idea de un condado donde la gente desaparece por docenas y además en una zona muy concreta, una policía que supuestamente busca a estas personas sin encontrar una sola pista, y un enorme campamento de verano abandonado que parece invisible para las fuerzas del orden pero con el que tropiezan una vez tras otras todas las víctimas potenciales de Jason. La otra idea a la que me refería es una constante en este tipo de historias y tiene que ver con la extraña dualidad por la cual un hombre con una fuerza física excepcional como es Jason sea capaz de por una parte soportar sin ningún problema por ejemplo un certero golpe de un bate de beisbol mientras casi cae desvanecido cuándo es la final girl quien le golpea (por otra parte final girl de menos de sesenta kilos). Estrujando un poco las posibilidades seguro que hay mil maneras más creíbles para mostrar la forma en que los últimos supervivientes son capaces de burlar e incluso llegar a noquear a su atacante sin caer en lo fácil y por otra parte poco creíble viendo durante la hora y cuarto anterior como se las gasta físicamente el asesino de Crystal Lake. Pero como apuntaba antes sí que hay un elemento que me gusta como se ha tratado en este nueva versión, y es la idea de un Jason Voorhees en clave de superviviente, como ha sido capaz de hacer de Crystal Lake su hogar, desarrollando una capacidad innata para sobrevivir en un ambiente tan hostil, lo que justifica de alguna manera su forma de acabar con todo aquel que él considere invada su territorio. La elección de Derek Mears y sus dos metros de altura es todo un acierto a la hora de dotar de un físico adecuado al personaje. Mears es un conocido actor dentro del género (también ha trabajado como especialista), y muy dado además a ocultar su verdadero rostro como hiciera por ejemplo en Predators (2010) o en Hansel y Gretel cazadores de brujas (2013) por citar únicamente un par de ejemplos.

Pero si en el terreno de la historia la película recibía sus palos, hay que reconocer que en el apartado técnico Marcus Nispel demuestra capacidad más que suficiente para ofrecer un trabajo entretenido, bien montado y dinámico, sin tiempos muertos que aburran y con la constante de mostrar a un Jason Voorhees en plena acción.  En ese sentido esta nueva versión está  a la altura (en ocasiones supera) de una saga que tampoco ofrece demasiado en lo referente a su calidad fílmica, aunque el personaje icónico de Jason haga de esta franquicia toda una delicia para el aficionado. En lo que respecta al estilo visual manejado por Nispel decir que vuelve a incidir como ya hiciera en La matanza de Texas (2003) en la presentación de un escenario grotesco, degradado y lleno de trofeos de las múltiples víctimas de Jason, idea que se recoge principalmente en los subterráneos que se encuentran en el campamento abandonado donde el protagonista ha ubicado su hogar, aunque no se llegue al extremo que ofrecía en lo referente a esta idea la obra sobre Leatherface. Igualmente multitud de secuencias han sido rodadas de noche para potenciar la sensación de peligro que viven las víctimas tratando de aumentar el desasosiego de estas escenas. Evidentemente es una película de Viernes 13 y por lo tanto su visionado responde más a un deseo de disfrutar y pasarlo bien con las andanzas de Jason, con lo que e la mayor parte de la trama estos esfuerzos resultan bastante inútiles.

Dentro del terreno interpretativo, además del anteriormente citado Derek Mears, quien compone un protagonista a la altura y que hace nos olvidemos de todo un grande como  Kane Hooder en entregas anteriores, cabe citar por curiosa la participación de un trío de protagonistas muy relacionados con el género del terror a resultas de sus trabajos interpretativos más conocidos. Así tenemos a Jared Padalecki famoso por su participación en la serie para televisión Supernatural y que ya protagonizara La casa de cera (2005). Junto a el Danielle Panabacker quien como su compañero pertenece a esa hornada de nuevos intérpretes que a pesar de dar bien en pantalla tampoco es que destaquen pos sus dotes para el drama. Panabacker ha paseado palmito en títulos como The crazies (2010) o Piraña 3DD (2012). Por último citar a Amanda Riguetti, por quien servidor siente especial debilidad desde que la descubriera en la estupenda serie El mentalista y que ya había coqueteado con el género en Return to house on Haunted Hill (2007).

Como cierre ¿podemos decir tras lo escrito hasta ahora que este reboot de Viernes 13 sea bueno? Como película es bastante floja, ya apuntábamos anteriormente que la historia es excesivamente simple, pero  como título dentro de la saga se encuentra a la altura, de hecho estaría en el top de cintas de la larga franquicia. Gustará a los forofos de Jason Voorhes y de la propia saga, y contiene además varios de los elementos recurrentes dentro de prácticamente todos los títulos de la misma. Unos protagonistas estúpidos que van a morir uno a uno de la manera más brutal, la presencia de la marihuana como forma de justificar lo descerebrados que son quienes acabaran siendo las víctimas de Jason, hermosas muchachas desnudas, y sangre, mucha sangre. Y llámenme romántico, pero me encanta que en esta ocasión Jason utilice tanto su machete, es marca de la casa, y las tradiciones hay que respetarlas.

Henry Jeckyll     


















EL LOBO DE WALL STREET


(The wolf of Wall Street, 2013) 179´
Dirección               Martin Scorsese
Guión                    Terence Winter
Fotografía             Rodrigo Prieto
Música                  
Producción           Riza Aziz/Leonardo DiCaprio/Joey McFarland/
                               Martin Scorsese/Emma Tillinger Koskoff


Leonardo DiCaprio
Jonah Hill
Margot Robbie
Kyle Chandler
Rob Reiner
Jon Berthal
Mathew McConaughey
Jean Dujardin
Joanna Lumley
Jon Favreau
Cristin Milioti
P. J. Byrne
Kenneth Choi
Brian Sacca
Ethan Suplee
Jake Hoffman

Jordan Belfort es un joven recién casado y con ínfulas de grandeza que se traslada a Wall Street tratando de hacer carrera como broker. Apenas unos años más tarde ha montado su propia empresa, gana casi cincuenta millones de dólares al año, pasa la mayor parte del día colocado y montando juergas llenas de excesos donde las drogas y las putas nunca son suficientes, además de tener a tres agencias federales tratando de echarle el guante.


Una de las películas más polémicas del año de su estreno, una cinta a la que rendirse u odiar, considerada por no pocos como una obra maestra mientras que otro numeroso sector de crítica y público la considera ofensiva, simple y estúpida. Es la hora de posicionarse y eligiendo bandos me inclino por considerar El lobo de Wall Street una nueva maravilla de Martin Scorsese, me explico. Con más de setenta años, una carrera llena de obras maestras y un reconocimiento casi unánime de la crítica, a Martin Scorsese no se le ocurra otra cosa que lanzarse al vacío sin red y con los ojos vendados. Pues bien, no solo cae de pie, sino que da una nueva lección de cómo rodar cine, mostrando además que a pesar de su veteranía y status es capaz de dar sopas con honda a esa nueva hornada de directores atrevidos, los nuevos enfants terribles de Hollywood, que ni de lejos tendrían las agallas de rodar algo como lo que aquí presenta Scorsese, una película que juega al límite, se encuentra constantemente bordeando la línea que podría haber dado como resultado un bodrio con mayúsculas, y que hace del exceso su leit motive. Exceso a la hora de contar una historia real pero a los que muy pocos le habrían metido mano, exceso en la forma de contar esa historia, mostrando directamente las tripas de las propias experiencias de su protagonista, exceso en la forma de abordar el tema, apostando por un humor sarcástico, paródico y pasado de vueltas que sin embargo no cae en lo soez y escatológico, exceso incluso en su duración siendo con sus tres horas de duración la película más larga en la carrera de su director.

Tres horas durante los cuales Scorsese disecciona desde un punto de vista de desmelene y exceso toda una corriente social que se inició en los ochenta y que nos ha llevado entre otras cosas a la actual situación de inestabilidad económica, no es baladí que en un momento de la cinta Belford se defienda alegando que el FBI no investigue a otras compañías mucho más peligrosas y agresivas que la suya entre las que cita a Lehman Brothers. Es cierto que hay mucho jiji y mucho jaja en la película pero el trasfondo que cuenta supone todo un puñetazo a ese sueño americano y a una sociedad hipócrita que en el fondo envidia a un Jordan Belford capaz de ir a por sus sueños sin pensar en la forma de alcanzarlos. Otra lectura podría ser la de un Scorsese que a través de la figura del protagonista disecciona sus propios fantasmas del pasado, recordemos que el director de El lobo de Wall Street fue durante los setenta consumidor habitual de cocaína y según los mentideros de Hollywood los numeritos de Jordan Belford tendrían bastante en común con las fiestas que montaba el director Neoyorquino en su etapa de mayor desfase. Pero independientemente del trasfondo que hubiera llevado a Scorsese a abordar este trabajo, la película es una estupenda comedia, con ribetes de drama, pero comedia al fin y al cabo, una comedia alocada donde los diálogos cuasi surrealistas son su clave principal a la hora de funcionar como tal. Recordemos por ejemplo el momento en que el personaje de Jonah Hill se presenta ante el de DiCaprio y como durante la conversación inicial este justifica el haberse casado con su propia prima ya que “si alguien se iba a follar a su prima ese debiera de ser yo, por respeto”. Otro momento que sirve de ejemplo a esta idea de diálogos ácidos, transgresores y muy, muy divertidos es el momento en el que el grupo de la dirección de Stratton Oakmont con Belford a la cabeza está reunido tratando de ver los vericuetos legales a los que aferrarse para contratar a enanos y lanzarlos contra dianas gigantes, su última idea para entretenerse en el trabajo. Pero son solo dos ejemplos de una cinta plagada de momentos hilarantes. Y mantener la atención en una comedia, y además en una tan excesiva como esta durante tres horas no es tarea fácil, por lo que al divertido guión de Terence Winter basado en la propia autobiografía de Jordan Belfort se unen dos factores fundamentales a nivel técnico. Uno es el trabajo como realizador de un Martin Scorsese que a nadie hay que descubrir es un genio a la hora de planificar y rodar secuencias. El lobo de Wall Street no es una excepción, brindando momentos muy marca de la casa como cuando la cámara acompaña desde una toma elevada a un Leonardo DiCaprio desnudo que recorre la habitación de hotel donde ha tenido lugar su despedida de soltero. La cámara de Scorsese es capaz de introducirse en cualquier vericueto, penetrar entre mares de personajes buscando un lugar apropiado desde el que presentar la escena, es un personaje más. A esto se une la capacidad del director a la hora de utilizar el recurso de la voz en off. Ya lo hizo magistralmente en Uno de los nuestros (1990) y en Casino (1995), volviendo a demostrar su pericia con el manejo de este recurso cinematográfico tan peligroso por la tendencia a ser utilizado como un modo fácil de presentar elipsis y escenas complejas de narrar, no es este el caso.  Pero si Scorsese es un maestro filmando no podemos dejar de mencionar a Telma Schoonmaker, montadora de prácticamente todas las películas del director, y que sabe encajar las piezas del puzle con ademanes de excelente cirujana. Incluso a pesar de secuencias tan largas como la del colocón de Jordan y Donnie con luds pasados (quince minutos ni más ni menos) el modo general de montar la película de Telma hace que esas tres horas de duración a las que antes nos referíamos pasen en un suspiro.

Hablábamos de los motivos técnicos por los cuales El lobo de Wall Street se inclina en esa fina línea que sitúa a un lado las obras maestras de los bodrios del primero de los lados, pero hay también un referente interpretativo, y es la figura de un Leonardo DiCaprio que, al igual que Scorsese, se la jugó a la hora de aceptar un papel como el de Jordan Belford. Es cierto que aún le falta el reconocimiento de la industria a modo de  un Oscar que se le resiste, pero el actor puede estar tranquilo, ya que a poca gente le quedarán dudas sobre el hecho que se trata de uno de los mejores actores de su generación, capaz de arriesgar a la hora de elegir papeles y proyectos, en este caso jugándose incluso su dinero, ya que además de interpretar el papel principal produce la cinta. Ahora, una vez la película se ha convertido en un pelotazo a nivel de recaudación es fácil posicionarse pero sobre el papel era un trabajo que como ya hemos apuntado en varias ocasiones podía haberse despeñado a todos los niveles. DiCaprio compone un protagonista interpretado desde el exceso pero sin caer en el, un canalla que acaba resultando no solo adorable sino entendible. DiCaprio maneja escenas realmente complejas a la hora de abordar siempre bajo ese principio que rige la película de estar jugando contantemente con fuego pero sin llegar a quemarse, sabiendo incluso reírse de sí mismo (no me dirán que ese momento en el que el yate está a punto de naufragar y durante el cual Belford se agarra a su mujer con fuerza no les ha recordado la escenas más icónica de Titanic (1997)). Pero además de Dicaprio y gracia al talento de Scorsese a la hora de dirigir a sus actores, brillan desde nombres como los de Jonah Hill o Kyle Chandler hasta el último secundario, pasando por un Rob Reiner soberbio como padre del protagonista o esa celebrada intervención de Mathew McConaughey para enmarcar, capaz de con menos de diez minutos en escena, perfilar un personaje que en ningún momento desaparece de la cabeza del espectador.

Por último no quería deja de citar otra de las constantes en el cine de Scorsese, y es la utilización de una banda sonora ecléctica, llena de canciones de todos los estilos y épocas, logrando un fondo musical que ya de por sí mismo merece una capítulo aparte por la selección llevada a cabo, pero que además está perfectamente encajada dentro de las secuencias a las que acompañan, siendo para el que esto escribe el más recordado la irrupción de los agentes del FBI en las oficinas de Stratton Oakmont bajo la canción Mrs Robinson de Paul Simon. No dejen escapar esa banda sonora.

Muchos califican El lobo de Wall Street de simple, banal y estúpida, alegan que el director se limita a mostrar a gente esnifando cocaína y follando. Mi opinión es bien distinta, puede que la historia de Jordan Belford sea simple, banal y estúpida, pero la manera de mostrarla en pantalla es otra cosa, es cine del bueno, cine con mayúsculas, con un guión ácido y divertido, unos recursos técnicos y cinematográficos soberbios, una banda sonora para deleitar los sentidos y unos actores en estado de gracia. Parafraseando al personaje de Mark Hanna El lobo de Wall Street no es ninguna filfa, es cine y del bueno.

Henry Jeckyll



















POSESION INFERNAL


(The evil dead, 1981) 82´


Dirección               Sam Raimi
Guión                    Sam Raimi
Fotografía             Tim Philo
Música                   Joseph LoDuca
Producción           Robert Tapert

Bruce Campbell
Ellen Sandweiss
Hal Delrich
Betsy Baker
Theresa Tilly
Phil Gillis
Ted Raimi
Ivan Raimi
Scott Spiegel

Cinco amigos se trasladan a una destartalada cabaña en medio del bosque para pasar un divertido fin de semana. Una vez instalados y mientras disfrutan de su primera cena en la casa una trampilla en el suelo se abre bruscamente indicando el acceso al sótano donde encontrarán un viejo magnetófono, un cuchillo ritual y un antiguo libro de terrible aspecto.


Antes de hablar de Posesión infernal veo necesario matizar una idea que veo reflejada en diferentes foros y conversaciones sobre el título a tratar. No, amigos, Evil dead no se trata de una comedia de terror, eso vendría después con el remake que en 1987 realizaría el propio Sam Raimi bajo el título de Terroríficamente muertos, donde gracias a un mayor presupuesto volvería a contar la misma historia pero desde una vertiente mucho más alocada y cercana al cartoon y al splastick y que si puede definirse como una cinta de terror con un marcado humor negro, idea llevada a su máxima expresión en la cinta que cerraría la trilogía original estrenada en 1992 con el nombre de El ejército de las tinieblas. Por el contrario, Posesión infernal es una película abiertamente de terror, sin ningún tono de ligereza en su tratamiento y más cercana al mediometraje de treinta minutos Whitin the Woods (1978), un primer boceto que recoge varias de las ideas que luego veríamos plasmadas en la película de 1981 y gracias al cual iban captando inversores que quisieran meter dinero en el proyecto. Aclarado este punto vayamos a diseccionar una de las obras cumbre del cine de terror de los ochenta y lo haremos para, partiendo de las limitaciones propias de una primera producción y máxime en un grupo de gente tan joven (Sam Raimi contaba con veintidós años en el momento de filmar la cinta), alabar todos y cada uno de sus aciertos.

La historia, ciertamente no tiene nada de original, toma elementos de Viernes 13 (1980) con el grupo de víctimas,  amigos jóvenes y despreocupados, y también apunta la idea de La noche de los muertos vivientes (1968) por la cual los protagonistas se encuentran atrapados sin posibilidad de escape en la cabaña, en esta ocasión a merced de los demonios y no de los zombies. La utilización del Necronomicon de Lovecraft, aunque no se cite su nombre  de manera explícita en la película, tampoco es que sea excesivamente original. Pero con todo ello se logra crear un subgénero nuevo dentro del terror y que con The cabin in the Woods (2012) ha sido recientemente homenajeado, el de “la cabaña en el bosque”. Además tenemos a unos responsables que, jugando dentro de los parámetros habituales del género, arriesgan con propuestas tan salvajes como la de poner al protagonista en la tesitura de tener que acabar con la vida de su novia (y no una única vez), la idea de desmembrar a los poseídos como única vía para acabar con estos, idea acorde con unos niveles de gore realmente elevados o la que es la secuencia más polémica de todas, la de la violación del bosque sobre una de las protagonistas, escena que nos lleva a analizar el siguiente apartado dentro de Posesión infernal.

Pobreza de medios, hay que reconocer que la película contaba con un presupuesto muy bajo, incluso para una cinta de este tipo, poco más de trescientos mil euros, algo que queda remarcado en unos maquillajes poco definidos, especialmente en el área de peluquería con toscas pelucas lucidas por los figurantes que hacían de poseídos o en lo referente a los guantes que cubrían las manos de los demonios. Pero curiosamente, la original concepción de estas criaturas presentada por Raimi y su equipo suponen todo un logro, independientemente que en ocasiones no sea todo lo lograda que debiera. Los ojos en blanco, las venas azules, el exceso protésico y de fluidos…todo confiere a los poseídos de la película un estilo aterrador, como por ejemplo en el  caso del personaje de Linda, caracterizada casi como una muñeca de porcelana. Pero la pobreza de medios puede hacer dos cosas, que la película refleje dicha escasez o que se potencie la imaginación de los responsables a la hora de abordar el rodaje. En Posesión infernal es evidente que se inclinaron por esta segunda idea. Valga como ejemplo la anteriormente citada escena de la violación y como gracias a la habilidad a la hora de rodar y montar la secuencia amén de un par de efectivos y simples trucajes con las ramas utilizadas logran de largo el efecto deseado. Pero esa pericia técnica no es casualidad y de hecho se convertiría en la marca de la casa de un Sam Raimi capaz de llevar el uso de la steadycam a su máximo esplendor. La cámara no está quieta en ningún momento, se convierte en un personaje más cuándo hace las veces de entes demoniacos que recorren los bosques esquivando árboles o atravesando ríos, el director no busca lo fácil y a pesar de estar obligado a rodar rápido por la limitación de medios se toma la molestia de ubicar la cámara en los lugares más recónditos, buscando alejarse de planos más habituales. Así hallamos secuencias filmadas desde el interior del reloj de cuerda, tras la chimenea, contrapicados, visión subjetiva como ya apuntábamos, tomas desde arriba para abarcar al actor, travellings…no decimos nada nuevo si hablamos de la capacidad de mover la cámara de Raimi. Junto a esta pericia técnica hay que elogiar el sonido de la película, tanto en el apartado de un score musical francamente muy bien encajado en las secuencias pero especialmente en unos efectos de sonido constates, la película rezuma a cada instante golpes, susurros, viento soplando, pisadas…algo que nos hace permanecer en constante estado de alerta antes lo que está pasando, potenciando Raimi gracias a este recurso el miedo que transmite la cinta.

Los actores, efectivamente son actores malos, hablamos de interpretes amateurs que no han desarrollado apenas carreras profesionales en el medio. Sus actuaciones están llenas de exceso, lo cual hace que cierto estilo documental prevalezca en la propuesta, logrando un efecto positivo en el resultado final. El caso de Bruce Campbell es algo diferente, ya que ha logrado consolidar un status de actor de culto gracias a su participación precisamente en la trilogía iniciada con Posesión infernal, status del que a día de hoy continua viviendo interpretando una vez tras otro el personaje de Ash en lo referente a la bravuconería, chulería y pocas luces de muchos de los personajes a los que da vida llegando incluso a auto parodiarse en la cinta de 2007 My name is Bruce (aquí traducida con el oportuno nombre de Posesión demencial) dirigida por el mismo. Pero como apuntábamos en la introducción, eso vendría después. En esta primera ocasión el personaje de Ash, de entrada llamado Ashley,  está más comedido en su forma de actuar, llega de hecho a quedar paralizado por el terror en varios momentos y solo en el acto final, en el que acaba haciendo las veces de final girl es donde despunta algo, muy poco, de ese Ash que veremos en las continuaciones y que se convertiría en referencia del cine de terror de la década.

Pero más allá de las virtudes de la película a nivel técnico o en la escritura de un personaje como Ash, en el diseño de las criaturas, está el evidente conocimiento de Sam Raimi de los vestigios del cine de terror los cuales logra trasplantar con sobresaliente acierto a su opera prima. La película es todo un referente de cómo filmar un película de terror, como usar los resorte que te mantienen pegado a la butaca, tanto en una primera parte más centrada en el suspense, en saber que algo va a suceder, en que hay algo que acecha entre la neblina del bosque (genial el momento de videncia con las cartas por parte de la primera poseída) para pasar a un segundo y tercer acto donde gradualmente el nivel de sustos efectistas copan el protagonismo, permaneciendo sin embargo esa sensación de malestar que transmite la cinta. Sabemos además que el director va a asustarnos, que está preparando la secuencia para ello, y de hecho, habiendo visto ya la película en no pocas ocasiones no puedes evitar en alguno de los momentos pegar un respingo en la butaca. Posesión infernal es cine de terror y del bueno, del que perdura y crea escuela, una lección dada por una cuadrilla de mocosos veinteañeros de cómo crear una obra maestra perdurable en el tiempo con cuatro duros pero mucha imaginación y sobre todo, talento. Y eso, señores, suele pasar en el mundo del cine como mucho un par de veces por década. 

Henry Jeckyll